«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos». — Mateo 5, 3
Recuerdo el día que me senté en esa silla por primera vez como CEO.
No fue en una ceremonia solemne ni con fanfarria. Fue un día cualquiera, en una oficina que había imaginado mil veces. Miré la puerta cerrada, el escritorio más grande, las reuniones donde yo decidía. Años de esfuerzo, certificaciones, madrugadas de estudio, riesgos calculados. Todo apuntaba a ese momento.
Y durante unos días, fue exactamente como lo había soñado.
Pero entonces pasó algo que no esperaba: nada cambió.
Bueno, sí cambió mucho. Más responsabilidad, más presión, más gente dependiendo de mis decisiones. Pero esa paz interior que creía que vendría con el título nunca llegó. En su lugar, nuevas inquietudes ocuparon el espacio: ¿cómo expando esto? ¿Cuál es la siguiente alianza estratégica? ¿Qué dirán de mí en la industria? La silla que había perseguido se convirtió en el punto de partida de nuevos apetitos.
Pasaron semanas. Luego meses. Y me vi a mí mismo haciendo exactamente lo que prometí que no haría: buscar en un logro lo que solo Dios puede dar.
El espejismo del éxito
He pensado mucho en esto, especialmente cuando miro a otros profesionales en mi campo. Vemos a muchos que corren hacia la cima: el título de CEO, la oficina de esquina, ser reconocido como «thought leader», tener a decenas bajo tu mando. Y todos —todos— creemos que ahí, en esa posición, encontraremos lo que buscamos.
Algunos llegan. Otros no. Pero los que llegan descubren lo que yo descubrí: el vacío reaparece muy rápido cuando tu identidad depende de una silla.
Jesús sabía esto. Por eso las bienaventuranzas comienzan con los pobres de espíritu.
No habla de ser pobre en sentido literal (aunque eso importa). Habla de pobreza de espíritu: esa capacidad de soltar el ego, de dejar de creer que tu valor viene del poder que ejeces, del reconocimiento que recibes, de cuán alto subiste en la escala.
San Agustín lo escribió con una claridad que no he podido olvidar: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti».
No descansa en la posición. No descansa en el éxito profesional. No descansa hasta encontrar su verdadero hogar.
La transformación que Jesús propone
Aquí es donde cambia todo para un líder cristiano.
Jesús no condena el liderazgo. No dice «renuncia a tu carrera y vete al monasterio». Lo que hace es transformar completamente su significado. Te enseña que ser el primero implica aprender a servir a los demás. Que la autoridad no es poder para dominar, sino responsabilidad para cuidar.
Cuando entendí esto —realmente lo entendí, no solo intelectualmente— cambió cómo veo mi rol como CEO.
La silla sigue siendo la misma. Las decisiones siguen siendo complejas. Las responsabilidades siguen pesando. Pero ahora tengo una brújula diferente. No pregunto «¿qué me dará reconocimiento?» sino «¿cómo sirvo mejor a mi equipo?» No busco «la siguiente ambición» sino «¿cuál es la misión que Dios me encargó con esta autoridad?»
Eso no resuelve los problemas. Pero transforma por qué los resuelves.
Para los que corren hacia la cima
Si estás donde yo estaba hace años —persiguiendo un título, un rol, un reconocimiento que crees que te completará—, te digo esto con toda sinceridad: lo lograras probablemente. Y probablemente te alegres. Pero no esperes que la silla tenga lo que buscas.
Eso viene de otro lado. De aprender a soltar. De creer que tu valor no está en lo que haces sino en cuya eres.
El Reino de los Cielos, dice Jesús, pertenece a los pobres de espíritu.
No a los que tienen menos dinero o poder. A los que han aprendido que el dinero y el poder no son quiénes son.
Esa es la bienaventuranza que cambió mi vida. Y sigue cambiándola, cada vez que me siento en esa silla y recuerdo que es un servicio, no un trono.
¿Hay una silla que estés persiguiendo? ¿Una posición de la que esperes que te complete? Te invito a preguntarte hoy: ¿y después qué?
