El texto que nos convoca
«El que viene de arriba está por encima de todos. El que es de la tierra, es terreno y habla de lo terrenal. El que viene del cielo está por encima de todos… El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en sus manos. El que cree en el Hijo tiene vida eterna.» — Juan 3, 31-36
Lo que casi todas las religiones comparten
Hay algo que el corazón humano reconoce en todas las culturas y en todos los siglos: somos criaturas, no el origen de nosotros mismos. Dependemos de algo —o de Alguien— más grande que nosotros.
Esta intuición está en la raíz de casi todas las tradiciones religiosas del mundo. Antes de hablar de diferencias, vale la pena detenerse en lo que compartimos:
- La criatura depende del Creador. Ya sea el Brahman del hinduismo, el Tao del taoísmo, el Allah del islam, o el Yahvé del judaísmo —en todas estas tradiciones el ser humano existe desde y hacia una realidad que lo trasciende.
- Necesitamos gracia o liberación. Todas las grandes religiones reconocen que algo en nosotros está roto, incompleto, o atrapado. Y todas ofrecen un camino de sanación: dharma, nirvana, teshuvá, sumisión, gracia.
- Hay un orden moral inscrito en la realidad. El bien y el mal no son inventos humanos; reflejan algo verdadero sobre la naturaleza de las cosas.
Esta base común es preciosa. Nos permite hablar con respeto y genuina curiosidad con personas de otras tradiciones.
El punto en el que el cristianismo va más lejos
Y sin embargo, el Evangelio de hoy dice algo que no tiene paralelo exacto en ninguna otra tradición.
«Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo único.» (Jn 3,16)
No es solo que Dios nos creó. No es solo que Dios nos sostiene. Es que Dios quiso entrar en la historia humana —con nombre, con cuerpo, con heridas— para llevarnos a algo que ninguna criatura podría alcanzar por sí sola: participar de su propia vida.
Comparemos brevemente:
El Islam
El islam es profundamente monoteísta y enseña con convicción la soberanía absoluta de Allah. El ser humano es abd —siervo— y la relación con Dios es esencialmente de obediencia y sumisión (islam significa precisamente eso). Es una relación bella y real, pero la distancia entre Creador y criatura permanece infranqueable. La idea de que Dios se encarne es, para el islam, incompatible con la trascendencia divina.
El Judaísmo
Israel fue llamado a ser el pueblo de Dios, y hay en la Torah una relación de alianza que va mucho más allá de la mera obediencia. Dios camina con su pueblo, se enoja con él, lo perdona, lo ama. Pero la esperanza mesiánica del judaísmo clásico no contempla que el Mesías sea Dios mismo hecho hombre.
El Hinduismo
En sus corrientes más filosóficas (Advaita Vedanta), el hinduismo llega a una conclusión impresionante: en el fondo, el atman (el yo profundo) y el Brahman (la realidad última) son lo mismo. La distancia entre el ser humano y lo divino se disuelve… pero por absorción, no por relación. No hay un «tú» que ame a un «yo»: hay una identidad última que supera toda distinción.
El Budismo
El budismo, al menos en sus formas más originales, no postula un Dios personal. El camino de liberación (nirvana) es la extinción del sufrimiento mediante la extinción del ego. Es un camino profundo y exigente, pero la liberación no es una relación de amor con un Dios que se da —es un despertar a la vacuidad de todo lo que creíamos ser.
Lo que la Encarnación añade
El cristianismo recoge la mejor intuición de todas estas tradiciones —la criatura depende del Creador, necesita liberación, está llamada a algo más— pero la lleva a un punto que solo puede venir de la Revelación, no de la filosofía humana:
Dios no nos llama solo a obedecerle, ni a parecernos a Él, ni a disolvernos en Él. Nos llama a compartir su vida.
Esta es la palabra técnica que usa la teología: theosis o divinización. San Atanasio lo formuló con una frase que lleva veinte siglos resonando: «Dios se hizo hombre para que el hombre pudiera hacerse Dios.» No en el sentido de que dejemos de ser criaturas, sino en el sentido de que, por gracia, seamos admitidos en el ritmo del amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
El versículo de hoy lo dice de manera sencilla pero radical: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna.» No tendrá —tiene. Es una posesión presente, que comienza ahora, en el bautismo, en la Eucaristía, en la vida de gracia.
El amor que necesita un «tú»
Hay una observación filosófica que me parece preciosa: el amor solo se completa cuando hay otro que puede recibir totalmente lo que el amante quiere dar.
Dios es amor —pero un amor que, desde antes de la creación, ya era fecundo dentro de la Trinidad: el Padre amando al Hijo, el Hijo amando al Padre, el Espíritu siendo ese amor vivo entre los dos. La creación no «completó» a Dios. Pero la Encarnación nos abre la posibilidad de ser admitidos, por gracia, dentro de ese círculo.
El hinduismo y el budismo buscan la unión con lo divino, pero a veces pagando el precio de la desaparición del «yo». El islam y el judaísmo celebran la relación con Dios, pero mantienen una distancia que parece no poder cruzarse del todo.
El cristianismo propone algo diferente: una unión que no destruye la diferencia, sino que la glorifica. Seguimos siendo nosotros, creaturas amadas, pero elevados a ser hijos —no metafóricamente, sino ontológicamente— en el Hijo.
Para terminar
Si hoy escuchas el Evangelio de Juan y sientes que es demasiado grande para comprenderlo del todo, eso es buena señal. Significa que estás frente a algo que viene de arriba, no de abajo. Algo que ninguna cultura inventó porque ninguna cultura podría haberlo imaginado.
La promesa es sencilla y sobrecogedora al mismo tiempo: creer en el Hijo es tener vida eterna. No ganársela. No merecerla. Recibirla.
Eso es lo que llamamos gracia.
¿Hay alguna de estas tradiciones con la que hayas tenido un encuentro significativo? Me encantaría leer tu experiencia en los comentarios.
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