Nuestra mentalidad moderna es propensa a caer en dos errores opuestos:
- El espiritualismo, y
- El materialismo.
El espiritualismo reduce la religión a una experiencia puramente interna: ideas, valores y principios abstractos. Se vuelve escéptico ante cualquier manifestación material de lo sagrado, como los milagros, los sacramentos o una Iglesia visible.
En el extremo contrario, el materialismo reduce la realidad únicamente a la materia física, a aquello que nuestras ciencias pueden observar y medir.

La mente materialista, por ejemplo, se enfrenta a la Ascensión de Jesús con preguntas como: «Si hubiéramos enviado un cohete con una cámara para fotografiar el evento, ¿qué veríamos? ¿A Jesús flotando a medio camino entre la Tierra y Marte? ¿Acaso el Cielo está en el cielo?». La respuesta es un rotundo no. Y es crucial entender que los apóstoles tampoco lo creían así.
Ellos, como nuestros antepasados, miraban hacia arriba y lo llamaban «los cielos», un término que evoca plenitud y grandeza. No veían un espacio vacío e inferior a la tierra, sino algo superior, un símbolo natural del paraíso. Nosotros, en cambio, hemos acuñado una nueva palabra: «espacio» o «espacio exterior», un término que sugiere vacío y ausencia.
Es cierto que algunos pueblos antiguos interpretaron este simbolismo de forma literal. Los babilonios construyeron zigurats creyendo que estas torres los acercarían a sus dioses; la Torre de Babel es un ejemplo de ello. Otros mitos veían en las estrellas las hogueras de los dioses o destellos de la luz celestial. Muchos, incluso, las adoraron como deidades.
Eso era un error, sin duda. Pero nuestro error moderno es quizás peor: ni siquiera sentir la tentación de la adoración al contemplar las estrellas. Adorar a un ídolo está mal, por supuesto, pero al menos es un acto de adoración. ¿Acaso es mejor no adorar nada o, peor aún, adorarnos a nosotros mismos? Los ídolos de nuestros antepasados eran de madera y piedra; los nuestros están hechos de sentimientos y anhelos. Vale la pena preguntarse: ¿qué error es más grave, ver más de lo que hay en las cosas o ver mucho menos?
«Pero», podrías objetar, «las estrellas no son dioses». Es verdad. Son mucho menos que dioses, pero también son infinitamente más que simples bolas de gas incandescente.
Ver las estrellas como nada más que gas es como ver un cuerpo humano como un simple conjunto de compuestos químicos. Es confundir la esencia de algo con los materiales que lo componen.
Sí, Dios es espíritu puro, pero Él diseñó y creó el universo material. Y este universo no es una máquina fría ni un rompecabezas a resolver; es una obra de arte, y el arte siempre revela a su artista. ¿Qué revelan los cielos? La Biblia lo expresa con una claridad asombrosa: «Los cielos cuentan la gloria de Dios» (Salmo 19:1). El universo es una catedral gigantesca creada para nosotros, no para los gases ni las galaxias. Y la ciencia, lejos de desmentirlo, no deja de descubrir cuán misterioso, sorprendente y magnífico es.
La próxima vez que sientas la tentación de ignorar el poder espiritual de lo material, siéntate bajo el sol diez minutos. Comprende que no solo sientes un calor impersonal, sino la calidez del amor de Dios. Con cada cosa creada, Él intenta decirnos algo. Y lo que nos dice es que nos ama. Porque el amor no es algo puramente espiritual —un mero sentimiento o una actitud interna—; es también una obra, una fuerza tangible, un hecho que se manifiesta en el mundo.
