San Agustín

Siempre he creído que la santidad se da en racimo, en comunidad, como diría Michael Quoist en el metro, y pocos ejemplos son más claros que los de San Ambrosio, Santa Mónica y el gran San Agustín.

El 28 de agosto, al celebrar a este gigante de la filosofía, la teología y la literatura, recordamos cómo transformó a la humanidad y nos preparó para la Edad Media.

El legado de San Agustín va más allá: nos muestra que la santidad florece en comunidad, nutriéndose del ejemplo y el apoyo mutuo:

  • San Ambrosio, con su sabiduría, guió a Agustín;
  • Santa Mónica, con su fe inquebrantable, nunca dejó de orar por su hijo, y
  • San Agustín, a su vez, iluminó al mundo con su pensamiento y su testimonio de conversión.

Su lucha personal contra el pecado y su búsqueda incansable de Dios nos recuerdan que el camino hacia la santidad está abierto a todos, incluso después de años de alejamiento.

En un mundo que a menudo parece fragmentado, San Agustín nos invita a construir comunidad, a buscar la verdad con la Fe y Razón, y a no perder nunca la esperanza en la gracia transformadora de Dios.

San Agustín, un coloso intelectual cuya influencia resuena a través de los siglos, fue mucho más que un simple «oponente devastador» de las herejías de su tiempo. Fue un arquitecto de la ortodoxia cristiana, un filósofo brillante y un prolífico escritor cuyas obras moldearon profundamente el pensamiento occidental. Su papel como Padre de la Iglesia no puede ser subestimado; en una época de tumultos y divisiones doctrinales, su inteligencia y elocuencia fueron una gran luz que guiaron a la Iglesia hacia la unidad y la claridad teológica.

Su autobiografía, las «Confesiones», es una obra maestra literaria y espiritual que trasciende su época. No es simplemente un relato de su vida, sino un viaje introspectivo hacia el corazón humano, una exploración honesta y conmovedora de la lucha entre el pecado y la gracia, la duda y la fe. Peter Kreeft dice que no es un relato de la vida de San Agustín en búsqueda de Dios, sino de Dios en busca de Agustín. Y es por eso que dicho texto siempre será contemporáneo, porque todos hemos sentido esa sensación de San Agustín: «Nos hiciste, Señor, para Ti; y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti» (Confesiones, I, 1), que implica al menos 3 cosas:

  • La constante búsqueda de la felicidad, que no se encuentra en las cosas materiales o en los logros mundanos, sino en la relación con Dios.
  • El sentido de la vida no está en nosotros mismos, está en buscar la voluntad de Dios.
  • Y un método de encontrar paz y la plenitud mediante el descanso en Dios.

La popularidad de textos de más de 1600 años atestiguan el poder para resonar con lectores de todas las épocas, ofreciendo un texto que cualquiera ha pensado, vivido, soñado y vivido, y en el que podemos ver nuestras propias luchas y anhelos espirituales.

La influencia de San Agustín se extendió mucho más allá de su propia vida. Sus escritos, que abarcan desde tratados teológicos, como De Trinitate, hasta comentarios bíblicos y obras filosóficas, han sido estudiados y debatidos durante siglos. Su pensamiento ha dejado una huella indeleble en áreas tan diversas como la teología, la filosofía, la psicología y la literatura.

Nació el 13 de noviembre de 354, y su ciudad natal fue pronto demasiado pequeña para el hijo de un pagano voluble y de una cristiana pacífica y muy devota. Sin haber recibido el bautismo, y más parecido en sus inclinaciones al padre que a la madre, rechazó la escuela y la vida ordenada. 

Agustín, un adolescente lleno de energía y muy inteligente, estudia retórica con excelentes resultados. Disfruta de la vida, hace amigos, se enamora, le encanta el teatro y busca diversión. En Cartago, donde sigue estudiando, se enamora de una joven de menor rango social y tienen un hijo llamado Adeodato (regalo de Dios). A los 19 años, Agustín se convierte en padre y es fiel a su pareja, asumiendo la responsabilidad de su familia. Sin embargo, al leer el “Hortensio” de Cicerón, cambia su perspectiva y decide buscar la felicidad en la sabiduría, la verdad y la virtud.

Cuando murió su padre, su madre, Santa Mónica, oró por el hijo perdido. Pero el siguió siendo inquieto, y ante sus penas, buscaba más bien su propia gloria en la poesía y en la oratoria. La mística más oscura del oriente, la doctrina de los maniqueos, lo tuvo obsesionado durante muchos años. Deshecho por la muerte repentina de su mejor amigo, creyó poder liberarse de sus sórdidas y heréticas ideas cambiando de escenario. A escondidas se embarcó una noche hacia Roma, engañando a su madre, a la que dejó inconsolablemente abandonada. 

Gracias al prefecto pagano de esa ciudad, se le concedió una cátedra de oratoria judicial en Milán, la sede imperial. Para entonces, Agustín se había convertido en un escéptico que negaba todo conocimiento de la verdad. 

Dos elementos lo ayudaron a su conversión: la palabra de Dios y los razonamientos del obispo Ambrosio:

Agustín escuchó la voz de un niño desde una casa vecina que cantaba: «Toma y lee.» Interpretando esto como un signo de Dios, Agustín se arrojó debajo de una higuera, recogió el capítulo 13 de la carta a los Romanos, que lo hirió como una espada: “La noche está muy avanzada, se acerca ya el día. Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y vistámonos de las armas de la luz” (Rom 13, 11). 

En ese momento, su alma ensombrecida vio la claridad y decidió seguir el llamado de Dios, dejando comilonas, borracheras y toda clase de libertinaje.

En la noche de Pascua del año 387, después de una preparación cuidadosa, Agustín fue bautizado por el obispo Ambrosio en Milán, junto con su hijo Adeodato. Una dicha indescriptible inundó su alma.

Con el resurgimiento de la fe de su infancia, deseó regresar a su patria en Ostia, mientras esperaba una oportunidad propicia para embarcarse, murió su madre Mónica, y, poco después de haber llegado a África, murió también su hijo, Adeodato. 

En contra de sus deseos y a petición del pueblo, el año 391 el obispo Valerio lo ordenó sacerdote para ser su sucesor en la sede episcopal de Hipona. Durante treinta y cuatro años desempeñó el sagrado cargo. En el círculo de sus amigos, sacerdotes y seglares, vivió los consejos evangélicos predicando en medio del pueblo con celo juvenil, Importante era también su apostolado por medio de cartas teológicas con el mundo intelectual de entonces. 

Por su propia experiencia brilló en él la convicción de que la fe es un don divino de gracia y misericordia. Cada fiel era para él una oveja amada de Cristo. Por los pobres, viudas y huérfanos sacrificó hasta el último centavo del patrimonio de la Iglesia, sin preocuparse de las recriminaciones, pues la Iglesia de Hipona siempre estaba en dificultades financieras. Protegió a la Iglesia de África cuando los donatistas atacaron a los fieles católicos con asesinatos e incendios. Hasta el último minuto se enfrentó en su lucha espiritual a los arrianos, pelagianos y maniqueos Trabajó durante trece años para contraponer al paganismo con otra de sus grandes obras literarias: Ciudad de Dios, la visión cristiana del mundo de entonces. 

Su mirada se dirigía ante todo al interior, a los milagros de Dios en el alma humana. Esto dio a sus obras filosóficas y teológicas aquella unidad grandiosa que se reflejó profundamente en el desarrollo de la vida teológica y espiritual de la Iglesia de los siguientes siglos. 

Su existencia terrenal no iba a acabar en paz. El año 429 las hordas de los vándalos irrumpieron en las florecientes ciudades de la costa norte de África y sitiaron Hipona. Durante el tercer mes de sitio, Agustín enfermó de fiebre. Ordenó que le colocaran los salmos penitenciales en la pared junto a su lecho y pidió a sus amigos que lo dejaran solo. Así murió el más grande pensador de África, el 28 de agosto de 430. 

Con Él sucumbió el milenario imperio romano ante el embate de los germanos, nació, en medio de dolores de parto, un mundo nuevo. Al ser transportados los restos del obispo de Hipona a Pavía, también su espíritu genial, que había abierto las profundidades del destino humano, se trasladó hacia los países europeos, para reposar en el nuevo hogar del cristianismo, entonces joven.

Cerveza y vino 

Agustín es el santo patrón de los cerveceros. Algunos piensan que al santo se le dio este papel por su pasado disoluto, pero lo cierto es que aunque sus pecados fueron tan escarlatas como se leían sus libros, no incluían el abuso de la botella. (Como obispo, le gustaba bromear diciendo que se obligaba a beber vino una vez al año para demostrar que Agustín ya no era maniqueo, la secta abstemia a la que antes había pertenecido). En cambio, se debe a sus descendientes espirituales. , los monjes agustinos, que se encontraban entre los mejores cerveceros de la Edad Media. Hoy en día, varias cervezas más o menos ligadas a los agustinos continúan con esta excelente tradición. La cervecería Van Steenberge tiene licencia del monasterio agustino de St. Stefanus en Gante, Bélgica, para producir cervezas que habían estado elaborando desde 1295 hasta 1978:

  • Augustijn Ale (un estilo tripel)
  • Augustijn Blond (cerveza pálida belga)
  • Augustijn Brun (cerveza oscura belga)
  • Augustijn Grand Cru (cerveza pálida fuerte belga)

Agustín creció en una familia propietaria de un viñedo, lo que lo convirtió en uno de los pocos santos involucrados hasta cierto punto en la elaboración del vino. 

Eventos trascendentales:

  1. Nacimiento: San Agustín nació el 13 de noviembre de 354 en Tagaste, Numidia (actual Souk Ahras, Argelia).
  2. Movimiento a Milán: En el año 384, San Agustín se trasladó a Milán para ocupar el puesto de profesor de retórica.
  3. Conversaciones con San Ambrosio: Durante su estancia en Milán, San Agustín tuvo importantes conversaciones con San Ambrosio (340-397), el obispo de Milán, que influyeron profundamente en su conversión al cristianismo.
  4. Conversión: San Agustín se convirtió al cristianismo en el año 386, después de una experiencia espiritual profunda en un jardín en Milán.
  5. Bautismo: Fue bautizado por San Ambrosio en la Vigilia Pascual del año 387, a la edad de 33 años (la edad de Jesucristo al morir).
  6. Regreso a África: En el año 388, San Agustín regresó a África, estableciéndose en su ciudad natal, Tagaste.
  7. ⁠⁠Ordenación sacerdotal: Fue ordenado sacerdote en el año 391 en Hipona (actual Annaba, Argelia).
  8. Consagración episcopal: En el año 395, San Agustín fue consagrado obispo de Hipona, cargo que ocupó hasta su muerte.
  9. ⁠Muerte: San Agustín falleció el 28 de agosto de 430 en Hipona, durante el asedio de la ciudad por los vándalos.

Publicado por Juan Carlos Carrillo

Juan Carlos Carrillo es un predicador Católico. Ha trabajado para distintos movimientos religiosos, como el Regnum Christi, Familia Educadora en la Fe, la Arquidiócesis de Tlalnepantla, entre otros. Juan Carlos inicio su formación religiosa en Familia Educadora en la Fe desde los 3 años. A los 13 años se convirtió en animador de grupos juveniles. A los 19 años entro al movimiento Regnum Christi donde se encargo en durante varios años de los Círculos de Estudios, Horas Eucarísticas y Retiros. A los 24 años se convirtió en el Vice-Coordinador Nacional de Universitarios del Movimiento Familia Educadora en la Fe y a los 27 tomo la responsabilidad como Coordinador Nacional de Juveniles del mismo movimiento. Juan Carlos se dedica a dar charlas, conferencias y catecismo a jóvenes y adultos buscando que encuentren el amor de Dios en sus vidas.

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