Primeros años y conversión.
San Francisco de Asís, nacido Giovanni di Pietro Bernardone, nació en Asís, Italia, en 1181. Provenía de una familia adinerada; su padre, Pietro di Bernardone, era un próspero comerciante de telas.
Su padre lo apodaba Francesco, el «francés».
En su juventud, Francisco disfrutó de una vida de lujo y entretenimiento. Sin embargo, después de una serie de experiencias espirituales y una grave enfermedad, comenzó a cuestionar su estilo de vida.
Después de escuchar el pasaje del Evangelio, Francisco se convirtió dramáticamente a una vida de pobreza radical: «No tomen oro ni plata» (Mateo 10:9), fue extremadamente humilde. A pesar de ser uno de los fundadores de la orden franciscana, se negó a ser ordenado sacerdote, permaneciendo como diácono durante toda su vida.
Fundador de la orden franciscana.
En 1206, Francisco tuvo una visión en la que Cristo le pidió que «reparara mi iglesia». Tomándolo literalmente, comenzó a restaurar iglesias en ruinas y a vivir en total pobreza. Renunció a todas sus posesiones materiales y se dedicó a predicar el amor a Dios y la pobreza.
Hoy en día trabajan en el espíritu del santo unos 38,000 franciscanos, capuchinos y 150,000 monjas, que se dividen en grupos de 350 congregacio nes dentro de la Iglesia. Muchos dedican su trabajo a los enfermos, a minusválidos y a los marginados de la sociedad
La bendición de Aarón (Núm 6, 24-27), que en un rato de meditación comunicó San Francisco al hermano León, se regala así de nuevo a este mundo tan dividido y pobre:
Que el Señor te bendiga y te guarde. Que te muestre su rostro y tenga misericordia de ti. Que vuelva su rostro a ti y te dé la paz.
Francisco fundó la Orden de los Frailes Menores (Franciscanos), las Clarisas y la Tercera Orden de San Francisco. Su enfoque en la pobreza, la humildad y el amor por todas las criaturas lo convirtieron en una figura venerada.
Francisco y el Sufrimiento
Hay un aspecto muy profundo en la vida de San Francisco en relación al sufrimiento.
Después de una juventud sin problemas, cruza por una dura prueba en 1203, a sus 22 años, pasó un año en la carcel, y en 1204, al estar convaleciente de una dolorosa enfermedad.
Un evento de mucha importancia en su vida es el encuentro con un leproso delante del portón de la ciudad. Espontáneamente le da un beso y lo abraza. En la primera parte de su testamento describe lo que este momento significó para él:
Así el Señor a mí, al hermano Francisco, concedió el favor de empezar la vida por la penitencia. Como estuve en pecado, me era muy amargo ver a los leprosos. Y el Señor mismo me puso entre ellos y yo les manifesté el amor de Dios. Y cuando me alejé de ellos, lo que antes veía con amargura, veía ahora transformado como dulzura de alma y cuerpo.
Francisco de Asis, el hermano siempre lleno de alegría espiritual, nos muestra como ningún otro santo la inmensa felicidad en medio del sufrimiento. En el libro de Las Florecillas se recuerda el fabuloso diálogo con el hermano León durante el camino de Perugia a Santa María de los Angeles. Francisco le expone una serie de posibles situaciones humillantes y desagradables, entre ellas ser regañados y rechazados por el hermano portero en medio de la lluvia y el frío de la noche. Y concluye asegurándole que, si a pesar de todo no se inquieta su corazón ni se turba su ánimo, sino que lo agradece a Dios, encontrará en ello la verdadera y completa felicidad. Esto es solamente comprensible cuando se sabe que el santo estaba unido a Cristo por un profundo amor místico, que llega a su mayor intimidad en el año 1224 en el monte Alvernia, donde un ángel seráfico de indescriptible hermosura le imprime las cinco Ilagas de las manos, los pies y el costado de Cristo.
San Francisco y el Pecado
Francisco veía al pecado como la principal fuente de sufrimiento. Quiso por amor Jesucristo dejar toda propiedad dinero, todas sus propiedades y su orgullo, por eso enviaba a sus jóvenes religiosos como corderos entre los lobos, para que regalaran al mundo libertado por medio de la preciosa sangre de Cristo «Paz y Bien» (Pace e Bene).
San Francisco tomó las palabras del Evangelio tan en serio, que en la mortificación de seguir a Cristo no deberían caber compromisos. Por eso precisamente podía sentir en verdad el Evangelio como mensaje de alegría.
San Francisco y la Naturaleza
San Francisco, aunque renunció al mundo, no lo despreciaba. En su corazón había un profundo respeto a todo lo creado y a las maravillas de la naturaleza, pero estaba aún más maravillado de lo sobrenatural, del mismo amor de Dios. Dios a través de Jesucristo reveló su gran amor a todos, pero muy especialmente a Ios enfermos de cuerpo y alma En su testamento leemos la oración:
Te adoramos, Señor Jesucristo, en todas las Iglesias del mundo, y te alabamos porque nos has salvado por medio de tu santa muerte.
Amigo de los animales
A Francisco se le suele representar comunicándose con un pájaro, pero el lobo es el animal más memorable asociado con este santo patrón de los animales y el medio ambiente. La ciudad de Gubbio estaba aterrorizada por un lobo voraz, por lo que San Francisco salió a su encuentro. Después de castigar al «Hermano Lobo» y persignarlo, convenció al lobo de que dejara de atacar al ganado de los habitantes del pueblo. A cambio, el santo hizo que los habitantes del pueblo prometieran alimentar al lobo. El lobo y los habitantes de Gubbio se hicieron amigos a partir de ese día, e incluso lloraron la muerte del lobo.

Ultimos momentos de vida de San Francisco
Sus últimos años correspondicron a una vida realmente ya crucificada La progresiva ceguera y la enfermedad grave de sus órganos internos lo ataron al lecho. Cuando se le anunció que iba a morir, dijo:
Bienaventurada seas, hermana muerte.
San Buenaventura escribió sobre el final de su vida: Como a una piedra que debía usarse para construir la celestial Jerusalén, los males lo formaron, y era como una obra de arte en oro a la cual el orfebre da las últimas cinceladas de acabado (La vida de San Francisco, XIV, 3).
Todo lo creado, hasta la misma muerte que Dios permite, era para San Francisco un regalo del amor divino que sobrepasaba cualquier pena. Perder este amor sería la única tragedia. El «Cántico del sol», que compuso Francisco al final de su vida, contiene esta santa sabiduría. Señor, seas alabado por aquellos que perdonan, que cargan con la debilidad, la pena y la tristeza. Por ti, Altísimo, serán coronados.
En sus últimos momentos antes de morir en la Porciúncula, vestido con un sencillo hábito gris, Francisco entonó la alabanza del Salmo 142.
Festividad
La festividad de San Francisco de Asís se celebra el 4 de octubre. Fue canonizado en 1228 por el Papa Gregorio IX.
Mensaje de Juan Pablo II en el 800 aniversario del nacimiento de San Francisco, 2 de octubre de 1981.
El mensaje del seráfico Hermano Francisco es profundamente evangélico, es siempre elocuente y rico de enseñanzas. Hay, sobre todo, un aspecto que en este momento intento proponer a su reflexión: el del gran amor a la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, que en el santo se confundia con el amor a Cristo mismo.
El hijo de Pedro Bernardone fue hombre de Iglesia, se entregó a la Iglesia y por la Iglesia, a la que jamás separó de Cristo Señor, confirmado en esto por la invitación del Crucificado en San Damián: «Ve, y repara mi casa«.
Este amor caracterizó su vocación de reformador y, antes aún, la de convertido, de hombre nuevo.
Es bien sabido que en los tiempos en que comenzó su testimonio y el de su movimiento, prevalecieron herejías eclesiales siempre viejas y siempre nuevas, las cuales, pretendiendo inspirarse en los orígenes, introducian divisiones y cismas, oponían el Evangelio a la Iglesia jerárquica y a su autoridad, y, apoyándose en una interpretación subjetiva de la Sagrada Escritura, instauraban un libre examen, al que recurían ya antes de que se le conociese con este nombre preciso.
Ahora bien, el carisma y la misión profética del Hermano Francisco fueron los de mostrar concretamente que el Evangelio está confiado a la Iglesia, y que debe ser vivido y encarnado primaria y ejemplarmente en la Iglesia, y con el asentimiento y el apoyo de la Iglesia misma. Él, en el silencio de una humildad obediente, realizó una luminosa imagen del hombre redimido, que ha desafiado a los siglos.
