“El día de Pentecostés se concluyen los sagrados cincuenta días de la Pascua y se conmemoran, junto con la efusión del Espíritu Santo sobre los discípulos en Jerusalén, los orígenes de la Iglesia y el inicio de la misión apostólica a todas las tribus, lenguas, pueblos y naciones” (Elogio del Martirologio Romano).
La obra de la redención, que Jesús llevó a cabo con su pasión, muerte y resurrección, es «completada» con la venida del Espíritu Santo que llena a la Iglesia con sus dones, llevando así «a plenitud» el Misterio pascual.
La fiesta judía de Pentecostés
Se celebraba 50 días después de la Pascua. Originariamente se llamaba: «Fiesta de las semanas» (siete semanas) y en ella se daban gracias a Dios por las cosechas. Pero más tarde, adquirió un nuevo significado y pasó a recordar la Alianza de Dios en el Sinaí y la entrega de la Ley, por medio de Moisés, al pueblo de Israel.
Para la fiesta habían venido a Jerusalén gran cantidad de judíos y prosélitos de lugares lejanos. Pero ese día aconteció que, a las nueve de la mañana, los apóstoles se encontraban reunidos en el cenáculo: «perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos» (Hch 1,14).
Esperaban confiadamente que se cumpliera la promesa que Jesús les había hecho durante la última cena: «Yo le pediré al Padre que os dé otro Consolador, que esté siempre con vosotros» (Jn 14,16).
«El Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho» (Jn 14,26).
La venida del Espíritu Santo
«De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse» (Hch 2,2-4).
Había en Jerusalén «judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo. Al oírse este ruido, acudió la multitud» (Hch 2,5-6).
Entonces los apóstoles, de temerosos se transformaron en valientes anunciadores del Evangelio. Cuando empezaron a hablar, todos estaban estupefactos y decían admirados: «¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de
nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos, elamitas y habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona de Libia que limita con Cirene; hay ciudadanos romanos forasteros, tanto judíos como prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua» (Hch 2,7-11).
San Lucas, con las imágenes bíblicas del viento y el fuego, describe la venida del Espíritu Santo y presenta la fiesta de Pentecostés como un nuevo Sinaí en el que la Alianza que Dios hizo con Israel se extiende ahora a todos los pueblos de la tierra. La universalidad de la salvación se manifiesta en la diversidad de pueblos a que pertenecen los que escuchan el primer anuncio de los apóstoles en su propia lengua (cf. Hch 2,9-11).
Muchos siglos antes, los que construían la torre de Babel querían conquistar el cielo y buscar su propia gloria. Pero dejaron de entenderse porque el Señor confundió sus lenguas (cf. Gén 11,1-9).
Ahora, el Espíritu Santo, con el don de lenguas, une y transforma la confusión en comunión.
La misión de la Iglesia en el mundo
El día de Pentecostés el Espíritu Santo descendió con gran poder sobre los apóstoles. Así comenzó la Iglesia la gran misión de anunciar el Evangelio a toda la creación (cf. Mc 16,15-16).
La Iglesia, guiada por el Espíritu, debe estar abierta a todas las razas y culturas del mundo. A todos debe llegar la buena noticia del Evangelio para que, los que crean y se bauticen, sean perdonados de sus pecados, reciban la adopción de hijos de Dios y entren a formar parte de la Iglesia y de su misión. El apóstol Pablo exhorta a los bautizados a vivir como «hombres nuevos», por eso dice: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra» (Col 3,1-2).
Vivir como verdaderos hijos de Dios
En nuestro interior hay una lucha dramática entre el bien y el mal. San Pablo nos invita a caminar según el Espíritu y a rechazar los deseos de la carne que llevan consigo: «fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, discordia, envidia, cólera, ambiciones, divisiones, disensiones, rivalidades, borracheras, orgías y cosas por el estilo» (Gál 5,19-21).
Los frutos del Espíritu, en contraposición a las obras de la carne, son: «amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí» (Gál 5,22-23).
Que el Espíritu Santo con sus dones sea nuestro huésped, que entre hasta el fondo de nuestra alma, nos llene de luz y nos ayude en el empeño de vivir como verdaderos hijos de Dios.
La Jornada de la Acción católica y del Apostolado seglar
En la solemnidad de Pentecostés celebramos el «Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar». Por el sacramento del Bautismo, el laico, animado por la fuerza del Espíritu Santo, se convierte en discípulo y misionero de Cristo.
En medio de la secularización y la indiferencia religiosa de nuestra sociedad, el laico está
llamado a participar en la misión evangelizadora de la Iglesia junto con los pastores y religiosos, para construir juntos un «Pueblo de Dios en salida» que anuncie el Evangelio en todos los ambientes. Para llevar a cabo esta tarea es necesario un laicado bien formado capaz de vivir con coherencia su vida cristiana y de dar razón de su fe y esperanza.
Si estamos decididos a participar en la misión evangelizadora de la Iglesia, es bueno dirigirnos a Jesús en nuestra oración y decirle: Señor, ¿qué quieres que haga? Después podemos pedirle al Espíritu Santo que nos ilumine para llevar a cabo nuestra vocación en la Iglesia y en el mundo.
Que la Virgen María nos acompañe en nuestro caminar hacia la Patria celestial, y que el Espíritu Santo haga desaparecer las divisiones en la Iglesia para que, cuantos hemos recibido el mismo Bautismo, vivamos unidos por la misma fe y el mismo amor.
