El que quiera leer la historia del anciano obispo mártir Policarpo de Esmirna, debe remontarse a aquella época heroica de la lglesia, en la que la gente de todo el mundo se complacía en oír el grito estremecedor: “iArrojad a los cristianos a las fieras!”
Entre las víctimas de aquella matanza, de aquel furor popular enardecido, se hallaba Policarpo.
El informe de sus sufrimientos es uno de los testimonios documentales más antiguos acerca del valor ante la muerte de aquella generación.
San Policarpo nació hacia el año 70, probablemente en el seno de una familia que se convirtió al cristianismo. Su nombre, “Policarpo”, tiene un hermoso significado: “el que produce muchos frutos”.
Como él mismo lo proclamó con orgullo ante el juez, durante 86 años sirvió lealmente al Señor. La mayoría de sus decenios pasaron inadvertidos.
Sabemos que fue discípulo del Apóstol San Juan, quien lo designó obispo de Esmirna.
Bajo la guía espiritual de San Juan Evangelista, conoció a profundidad las enseñanzas de Cristo.
Era amigo de San Ignacio de Antioquía, el cual -ya encaminado hacia la muerte – le mandó una carta enternecedora de agradecimiento, que cobró una importancia vital para los primeros cristianos. También sabemos por Eusebio que Policarpo fue el receptor de las cadenas de San Ignacio de Antioquía cuando este se dirigía al martirio.
Pocos años después, otro santo, Ireneo de Lyon, que fue alumno de Policarpo en Esmirna, dio testimonio por escrito de lo profundamente que se le habían grabado en la memoria los ademanes y la homilía de Policarpo y con cuánta fuerza le había impresionado su personalidad llena de vida.
Se le considera uno de los obispos más famosos de la Iglesia primitiva, entre varias razones, por haber tenido como discípulos a santos de la talla de San Ireneo de Lyon y Papías.
Una sola de sus cartas, dirigida a la comunidad cristiana de Filipos, se conserva. En ella él mismo, humildemente, queda en el fondo del cuadro, pero de sus frases sencillas brota un gran cariño, una santa misericordia con los pobres, los enfermos, los caídos, una compasión por toda pena y toda culpa. Cincuenta años después de haber redactado esta carta, él mismo dio el mejor ejemplo de perseverancia.
Desde su sede en Esmirna, alentó a los fieles a vivir el Evangelio y tener cuidado de aquellos que enseñaban doctrinas que se alejaban de la sana doctrina. En ese propósito condenó las herejías, que empezaban a difundirse entre los miembros de la Iglesia. Así lo confirma el mismo, San Ireneo de Lyon:
“Él enseñó siempre la doctrina que había aprendido de los apóstoles. Llegado a Roma bajo Aniceto apartó de la herejía de Valentín y Marción a un gran número de personas y los devolvió a la Iglesia de Dios, proclamando que había recibido de los apóstoles una sola y única verdad, la misma que era transmitida por la Iglesia”.
Por otro lado, sabemos del final de su vida gracias a Eusebio de Cesarea, precursor de la historia de la Iglesia. Eusebio señala que en una ocasión San Policarpo visitó Roma para dialogar con el Papa Aniceto en torno a la unificación de la fecha de celebración de la Pascua entre los cristianos de Oriente y de Occidente. Como ambos no lograron ponerse de acuerdo, ambos decidieron seguir con su datación tradicional y, más bien, permanecer unidos en la caridad.
Alrededor del año 155 se iniciaron las persecuciones contra los Cristianos y, cuando las primeras víctimas habían sucumbido, Policarpo, a petición de los fieles, se retiró a una cabaña de campo en las cercanías de la ciudad; pero un esclavo, a quien atormentaron, lo delató y al anochecer de ese mismo día lo encarcelaron.
Apacible y sereno, salió de la casa al encuentro de los soldados; mandó que les sirvieran comida y bebida a los cansados y rogó que por última vez le permitieran rezar. La oración se prolongó durante dos horas.
El martirio de San Policarpo se produjo el 23 de febrero del año 155.
Aquel día el Santo fue llevado ante el procónsul Decio Quadrato, quien le ofreció perdonarle la vida si renunciaba al cristianismo. San Policarpo se negó y fue condenado a la hoguera.
“Me amenazas con fuego que dura unos momentos y después se apaga. Yo lo que quiero es no tener que ir nunca al fuego eterno que nunca se apaga”, fueron las palabras del Santo, registradas en las actas de su martirio.
Mientras los verdugos se apresuraban a amontonar la leña para la hoguera, Policarpo se quitó la ropa. Por última vez alabó a Dios, antes de que las llamas lo alcanzaran, el fuego se dividió y las llamas formaban un arco alrededor del condenado, sin tocarlo.
Antes de que el pueblo se enterase, una puñalada del verdugo acabó con la vida del santo.
Su cadáver no fue entregado a sus amigos, sino incinerado posteriormente.
Pero sus cenizas, para los cristianos, fueron «más valiosas que piedras preciosas y oro«; hoy en día, son veneradas en San Ambrosio della Massina, en Roma.
Para honrar al Santo que pasó por las llamas sin ser consumado, les dejo una bebida que debe llevar algo de llamas.
Sambuca en llamas
- 1 oz de licor Sambuca
- 3 granos de café
Colocar los granos de café en el vaso y añadir el Sambuca.
Encender con un cerrillo y dejar quemar por 10 segundos.
Cubrir con la mano para apagar el fuego.
Inhala el vapor por debajo de tu mano y bebe el shot.
