Bebiendo con los Santos – San Juan Crisóstomo

San Juan (347-407), patriarca de Constantinopla, era un predicador tan poderoso que se le dio el titulo póstumo de Crisóstomo, que significa «boca de oro«, que quiere expresar y poner de relieve la admirable elocuencia del santo, no se Ie otorgó de manera general hasta el siglo VI, pero desde entonces casi ha llegado a sustituir al nombre propio.

La Iglesia griega le venera, junto con San Basilio y San Gregorio de Nacianzo (Nacianceno), como «gran Maestro ecuménico». Se festeja a los 3 el 30 de enero por su gran oratoria. 

En la reciente edición del calendario romano, la festividad de Juan Crisóstomo se trasladó al 13 de septiembre. 

En la Iglesia Católica es considerado como Doctor de la Iglesia, junto a San Atanasio, San Ambrosio y San Agustín. 

El papa Juan XXIII puso bajo su patrocinio el Concilio Vaticano II.

A propósito de este blog, San Juan fue también un apasionado defensor del consumo de vino. Al comentar sobre 1 Timoteo 5:23, el santo tiene esto que decir (Sugerencia: San Juan no escribía de forma fácil de entender para el siglo XXI por lo que hay que leerlo lentamente y en voz alta para ver el efecto completo):

Al escribirle a Timoteo, Pablo le pidió refugio en la virtud curativa de beber vino. No es que beber vino sea una vergüenza. ¡Dios no lo quiera ! Porque tales preceptos pertenecen a los herejes …

Pero como nuestro discurso ahora se ha vuelto hacia el tema de la blasfemia, deseo pedirles un favor a todos, a cambio de este mi discurso y hablar con ustedes; es decir, que corregirás en mi nombre a los blasfemos de esta ciudad [es decir, a los que dicen que el vino es malo]. Y si oyes a alguien blasfemar contra Dios en la vía pública o en medio del foro, sube a él y reprendelo.

Una alternativa más segura es refugiarse en la virtud curativa de beber vino con una buena botella de vino y brindar por el santo que tan elocuentemente afirmó la salubridad de la sangre de la uva.

O, para honrar a este Padre de la Iglesia de lengua dorada, hay que probar el licor de canela con copos de oro llamado Goldschlager.

Biografía de San Juan Crisóstomo

San Juan Crisóstomo nació en Antioquía de Siria, en una fecha ignorada hasta ahora, pero que los historiadores sitúan dentro del año decenio  344 y 347 d.C.

El padre tenía un nombre latino: Segundo, y pertenecía, con el grado de general, al Estado Mayor de la prefectura de Oriente, cuya capital era Antioquía. Murió muy joven, al poco de nacer su hijo Juan y cuando su viuda apenas rebasaba los veinte años. La madre de San Juan, Antusa, de linaje griego, como indica su nombre (=floreciente: Florencia) y procedía de noble abolengo, según apunta el historiador Sozomeno. 

En San Juan confluyen, pues, en feliz mezcla, las dos principales culturas que por entonces convivían en Antioquía.

Al quedarse viuda, Antusa se entregó por entero a la crianza y educación del único hijo. Sin tocar para nada la herencia del padre, disponía, con su hacienda propia, de suficientes recursos para dar a su hijo la mejor educación. Sin descuidar, pues, la formación y educación cristiana, que, por los resultados, fue sin duda exquisita y completa, la joven viuda proporcionó a su hijo los mejores maestros y las más calificadas escuelas..

San Juan fue alumno del famoso Libanio (314-393), el orador y literato griego más importante de la antigüedad tardía, que en su obra encarna gran parte de los ideales y de las aspiraciones de las clases urbanas más acomodadas de su tiempo y que, a pesar de no ser cristiano, fue maestro eficaz de jóvenes cristianos como Juan y Teodoro de Mopsuestia, y antes probablemente también de San Basilio y San Gregorio de Nacianzo.

Entre los años 367 y el 370, San Juan fue bautizado durante la vigilia pascual, en la noche del 19 al 20 de abril.

Desde su bautizo, comenzó a frecuentar la escuela que Diodoro —obispo de Tarso más tarde— dirigía en la misma Antioquía, una institución que era a la vez cenobio, seminario y centro de estudios superiores, bíblicos y teológicos. 

Se retiró, al asceterio de Silpio, situado sobre una colina en los aledaños de Antioquía, bajo la dirección espiritual de un anciano monje sirio, entre los años 374 y 378, «se encerró solo en una cueva, ansioso de pasar inadvertido, y allí pasó veinticuatro meses, sin dormir, la mayor parte del tiempo, y aprendiendo a fondo los Testamentos de Cristo, para desterrar la ignorancia». 

Fue ordenado diácono en el año 381, que ejerció como tal durante cinco años. A finales de 385 o comienzos de 386, ordenó de presbítero a Juan.

Pero es justamente esta época, la que media entre su presbiterado y su elevación al episcopado (386-398), la más fecunda y fructosa, y sin duda la más gratificante para un alma apostólica como la suya, enteramente consagrada al servicio de la Iglesia en su misión evangelizadora. 

Es la época dorada de su predicación, de la que nos quedan numerosas y magníficas muestras: homilías, sermones, panegíricos etc. Y de la misma época proceden también sus mejores comentarios, casi siempre homiléticos, a la mayor parte de los libros de la Sagrada Escritura, donde ejercita los métodos exegéticos aprendidos de Diodoro de Tarso, aunque dándoles siempre un toque muy personal y significativo, por su preocupación pastoral, que le distingue de los otros comentaristas. En términos puramente indicativos, citemos para el año 386 sus Comentarios al Génesis y a Isaías, y sus Homilías sobre el Incomprensible, contra los Anomeos (herejes arrianos radicales).

Como obispo de Constantinopla con rango patriarcal, su preocupación inmediata fue acabar con el cisma de Antioquía, para lo cual no vaciló en pedir la mediación de Teófilo de Alejandría, olvidando rivalidades, para que apoyara su carta al papa de Roma, Inocencio I, al que rogaba que admitiera a la comunión al anciano Flaviano. No fructificó su gestión, y entonces Juan se entregó de lleno a la reforma y renovación de su diócesis. Dio un gran impulso a las celebraciones litúrgicas, no sólo como vivencia del misterio de Cristo, sino también como catequesis eficaz y escuela permanente de formación y crecimiento de los fieles en la fe verdadera. Todavía hoy la Iglesia bizantina titula su «misa» como La divina liturgia de nuestro padre entre los santos, Juan el Crisóstomo.

Entre finales del 403 y el 404, el emperador ordenó arresto domiciliario para el obispo, y el pueblo fiel se sublevó en apoyo de su pastor, pero la brutal -incluso cruenta- represión, junto con el acoso de los enemigos de Juan al emperador, lograron que Arcadio diera el paso decisivo y que Eudoxia olvidara sus temores supersticiosos, de modo que se apresuraron a decretar el destierro definitivo de Juan y le dio orden de partir inmediatamente. Era el 9 de junio de 304. Siempre dispuesto a obedecer, se despidió de sus fieles y salió de Constantinopla, camino del destierro.

Murió en el destierro en Armenia en el año 407 d.C.

Publicado por Juan Carlos Carrillo

Juan Carlos Carrillo es un predicador Católico. Ha trabajado para distintos movimientos religiosos, como el Regnum Christi, Familia Educadora en la Fe, la Arquidiócesis de Tlalnepantla, entre otros. Juan Carlos inicio su formación religiosa en Familia Educadora en la Fe desde los 3 años. A los 13 años se convirtió en animador de grupos juveniles. A los 19 años entro al movimiento Regnum Christi donde se encargo en durante varios años de los Círculos de Estudios, Horas Eucarísticas y Retiros. A los 24 años se convirtió en el Vice-Coordinador Nacional de Universitarios del Movimiento Familia Educadora en la Fe y a los 27 tomo la responsabilidad como Coordinador Nacional de Juveniles del mismo movimiento. Juan Carlos se dedica a dar charlas, conferencias y catecismo a jóvenes y adultos buscando que encuentren el amor de Dios en sus vidas.

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